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EL BANDOLERISMO EN LOS MONTES DE TOLEDO Y SU EXTINCIÓN
ESTUDIO POR UN LABRADOR
AL
LECTOR.
La noticia de recientes crímenes y atropellos en algunos puntos de las
provincias de Toledo y Ciudad Real, de secuestros, asaltos de trenes y ataques á
las personas y á la propiedad, invadiendo pueblos considerables; las
descripciones de los corresponsales en periódicos, con detalles que, aunque
pudieran resultar exagerados ó inciertos, llevan en sí la convicción de un gran
fondo de verdad ; las interpelaciones en las Córtes, los telegramas y oficios de
los gobernadores de aquellas provincias y, últimamente, las medidas que acaba de
tomar el Gobierno, no dejan en el animo la menor duda de que algo anormal sucede
allá en cuanto a la seguridad de las personas y poblados, ,y de ahí el interés y
preferente atención que semejante estado de cosas ha despertado en el país. Pero
si esto es así, también lo es que nadie trata el asunto con razones y
fundamentos suficientes para conducirnos á algún fin concreto en una cuestión
que no es ni debe servir nunca como arma de oposición á un Gobierno determinado,
sino como un mal que debe estudiarse y cuya existencia acabaría por constituir
una gran vergüenza par á el país entero en el estado general de civilización á
que ha llegado.

Por
eso, y también porque creo que todos hemos de contribuir en las medidas de
nuestras fuerzas al bien general, y además-¿por qué negarlo?-por interés propio,
me atrevo á someter á la consideración del público algunas, aunque imperfectas,
observaciones que se me ocurren.
DATOS
HISTORICOS Y REFLEXIONES.
La celebridad que acompaña á los montes de Toledo data ciertamente de larga
fecha, y la imaginación considera con espanto lo que serian aquellas
fragosidades antes de despoblarse y descuajarse los montes y roturarse las
dehesas. Guarida constante de fieras, vivirían allí los lobos, tejones, zorras y
jabalíes en amable consorcio con las fieras humanas; y si aquellas extendían sus
depredaciones por sembrados y ganaderías hasta las puertas mismas de la ciudad
imperial, no serian inferiores los estragos de los últimos cuando exigieron, en
tiempo de los Reyes Católicos, la formación de la Santa Hermandad en aquellas
comarcas, pudiéndose ver á cuatro leguas al Sur de Toledo, á la falda de unos
montes, en el despoblado de San Martín de la Montiña, la antigua casa-fuerte con
su torre rebajada que poseyó allí la hermandad, como centinela avanzado, al pié
de las sierras de Yébenes, San Martín y el Castañar. A su amparo existieron
diferentes villas y lugares, como lo prueban, entre otras cosas, los restos de
edificios y algunas variedades arbóreas ya silvestres, como guindos y avellanos,
en bastante cantidad; pero sin duda el abandono y la falta de seguridad
contribuyeron, junte, con otras causas, á que lentamente fueran quedando
despoblados, dando lugar á los sitios que hoy señala el geógrafo con la triste
denominación de Des. poblados de San Martín de la Montiña, del Castañar, de San
Marcos, de Malamoneda y otros.
Durante las últimas guerras, especialmente en la primera guerra civil, los
montes fueron recorridos por diferentes columnas y partidas, y aún se recuerdan
en el país los grandes incendios de aquel tiempo, debidos á la incuria ó mala fé;
y en estos últimos tiempos, aunque con menos importancia, se abrigaron en ellos
las partidas de Polo, Merendon y otros cabecillas. Aunque no parezca lógico, es
lo cierto que la inseguridad y tropelías no aumentaron, y debido acaso á que se
alistaran en aquellas fuerzas algunos importantes bandoleros y quedaran así
sujetos por su misma organización militar, ello as que aparte de algunas
contribuciones en caballerías y dinero, no hubo secuestros ni atropellos graves
en las personas.
Pero aquellas épocas eran para los montes tiempos anormales: allí lo ordinario
era existir constantemente un núcleo de bandidos, más ó menos temibles,
alrededor de los cuales se agrupaban en momentos dados, especialmente para
concertar sus audaces golpes de mano, otros de inferior talla y que entretanto
se ocupaban en el carboneo, leñas ú otras industrias del monte. Larga seria la
enumeración de los principales jefes en los últimos treinta años, y motivó para
sangrientos y dramáticos episodios muchas de sus hazañas: algunos llegaban á
vincular en su familia el amor al oficio, formando verdaderas dinastías, como
los Brionos de Orgaz, pero no hay para qué entrar ahora en la narración de tales
hechos, siendo pocos los que no hayan tenido noticia de algún nombre legendario,
por poco que hayan pisado aquella tierra.
Llegamos así á la época presente, y nos encontramos con que la raza de los
bandoleros no ha desaparecido de los montes, y que, muy al contrario, pretenden
volvernos nuevamente á sus mejores tiempos, resucitando en la extensa escena que
abarcan el recuerdo de antiguos crímenes.
Hace algunos años llamaron la atención de las autoridades varios hechos
aislados, y se dispuso alguna batida por fuerzas de la Guardia civil; pero los
resultados fueron ilusorios, y un trágico suceso, del que fué víctima un
sargento del cuerpo, vino á manifestar la audacia de los criminales. Uno de los
jefes, apodado el Magro, ofreció someterse, conviniéndose en el sitió y hora.
Llegados al lugar indicado y divisarlos por los bandidos desde un cerró, los
guardias, que : 1 mando de un sargento se acercaban, dieron la voz de alto y
pudieron conseguir de éste que con indecible confianza y temeridad se avanzara
sólo para recibir al indultado: á los pocos instantes una descarga lo tendió sin
vida a pocos pasos de sus aterrados compañeros.
En el año próximo pasado tuvo lugar un secuestro, que por la facilidad y osadía
con que se perpetró, recuerda los de Molero á las puertas de Toledo, y Salazar,
propietario de la dehesa de Villaverde, cerca de Sonseca; el hijo del alcalde de
Pulgar, arrendatario en la dehesa del Castañar, fué apresado en medio del día en
una casa de labor, y sólo debió su libertad á haberse presentado en rehenes el
padre mientras se satisfacía la codicia de los aprehensores.
Dos hechos á cual más escandalosos y de distinta índole han venido á asombrarnos
no hace muchos días: el asalto del tren de Andalucía en Luciana y la entrada y
atropellos de los bandoleros en Fuente del Fresno, en las inmediaciones de la
sierra de la Serrana en los montes.
Esos y otros análogos que pudiera referir, son los hechos culminantes, digámoslo
así, y que tienen el triste privilegio de interesar al país entero y hasta de
ser conocidos y comentados fuera de España; pero hay muchos otros que acontecen
diariamente y llevan la alarma á la extensa comarca de que me estoy ocupando: la
correspondencia que cruza entre las poblaciones, llevada por valijeros á caballo
ó peatones, sufre frecuentes sustracciones, y el que esto escribe acaba de
sufrir las consecuencias de un hecho semejante; los labradores acomodados
reciben misteriosos avisos de que se atenta contra sus personas, y no se atreven
á salir á visitar sus haciendas como no vayan acompañados por Guardia civil;
otras veces una misiva llega a su poder, redactada en estilo original de la que
se estampa en una carta de Toledo dirigida á El Imparcial, y en ella se les pide
un auxilio en términos que no dejan lugar á vacilaciones: carta he visto de esa
clase en que el petitorio se califica de limosna; los pastores á su vez reciben
frecuentes visitas de aquellas gentes para que les abastezcan de carne y leche,
y se guardarán muy bien, al dar parte á sus amos, de las bajas que tienen sus
ganados, de decir cuáles fueron las causas, por poco que hayan recibido ?e los
bandoleros cierta clase de recomendaciones, que el aislamiento especial en que
viven hace forzosamente eficaz: los arrieros y traficantes que cruzan las
hondonadas y valles de aquel país son asaltados y robados, dándose por
satisfechos si los ladrones se avienen á partir con ellos su dinero y efectos, y
por el mismo estilo pueden relatarse otros hechos, todos verídicos
desgraciadamente, los cuales han venido á constituir una situación grave
anormal, espacialísima, en aquella porción del territorio español, que llama la
atención de todos s exige medidas urgentes, importantes, radicales, que atajen
el mal y lo eviten en el porvenir.
No es necesario abultarlos hechos ni extenderse en exageradas declaraciones para
hacer efecto, ni tampoco, como dije al empezar, para buscar argumentos contra
una situación ó Gobierno determinado, pues no es así como se depura la verdad y
se consigue el remedio; pero tampoco conviene negar lo que sienten y sufren los
habitantes de aquella región por temor al mal efecto que esto produce, ni
entregarse á una confianza que distrayendo la atención seria de consecuencias
más graves al desaparecer. Ni hallo justo ni prudente que por temor al abuso se
encargue, como acaba de suceder, por un jefe de la guardia civil en comunicación
al gobernador de Toledo, persiga á los que propalen las noticias, dando como
razón para ello que después de recorrer parte de la provincia no había
encontrado partida ó grupo alguno de malhechores. ¿Pretendía acaso aquel jefe
haber hallado en su camino algún grupo de criminales que fueran á darle la
prueba palpable de su existencia? ¿Qué interés podían tener en ello? Otro fuera
el resultado si siendo aquel oficial propietario en los montes saliera á menudo
y sólo para visitar sus haciendas.
Las consideraciones y consecuencias que se des - prenden de la situación que
describo, fácilmente se alcanzan. El propietario que desea visitar sus fincas,
promover mejoras, que intenta, aprovechando algún sitio ameno, edificarse una
residencia para sí y su familia, se acobarda ,y lo abandona todo; algunos van
más allá y buscan quien quiera comprarles sus heredades.
Los labradores que siendo del país poseen tierras a alguna distancia de sus
pueblos, como es frecuente allí, no salen ahora tampoco á visitarlas, con
quebranto de sus intereses; si llevan tierras en arrendamiento, no falta entre
ellos quien las abandona, quedando menospreciadas. ¿Quién pierde con esto? La
agricultura, que siendo la fuente principal de la riqueza da aquel país, decae y
languidece. Yo podría citar casos de ganaderos que no atreviéndose á arrendar
pasaos, llevan á los mercados sus ganados para mal venderlos; ellos perderán no
haciendo la venta á su tiempo, y sufrirá, también el propietario de la finca al
verla abandonada; otros que se disponían á renovar su contrato de arrendamiento,
dejan la tierra que, labran y venden sus pares de labor, dejando braceros sin
trabajo y tierras sin cultivo. Los traficantes que hacen el pequeño comercio
entre los pueblos no se atreven á llevar consigo objetos de algún valor ó
dinero. Los habitantes de casas aisladas piensan en la noche si recibirán alguna
mala visita y, por último, todos sufren en sus intereses, que son los de la
agricultura. Sólo dos industrias prosperan allá impunemente: los carboneros y
las leñadores, así como los cazadores furtivos ó de oficio.
Podrá parecer exagerado el terror que aquellos manifiestan; pero no se les puede
negar que alguna causa existe que lo explique. Y como los hechos se encadenan,
la miseria tiene que aumentar forzosamente en una comarca castigada con sequías
pertinaces, y hasta por la langosta, viendo á menudo comprometida su escasa
cosecha, y sabido es que en las filas de la indigencia se reclutan no pocas
veces los criminales. Al mismo tiempo las contribuciones son altas y resultan
sin proporción equitativa con las utilidades, á pesar de lo cual puede verse que
los rendimientos al Tesoro no son allá inferiores á los de otras comarcas mucho
más favorecidas. ¿Cómo pretender que mejore la agricultura en tan aflictiva
situación? ¿Que se mejoren los cultivos y se introduzcan máquinas? ¿Que se
fomente el arbolado y se aprovechen las aguas con obras costosas? ¿Que aumenten
los prados y se mejore la ganadería? No, no hay agricultura posible sin
seguridad de los campos.
Verdad es que hay allí grandes terrenos despoblados; pero precisamente una de
las causas, y acaso la principal, que impide la división de las grandes dehesas
y la construcción de numerosas viviendas para los labradores que habían de
habitarlas, es la inseguridad. Suprímase en los países más adelantados en
agricultura la confianza, la tranquilidad, la seguridad de las personas, que no
pueda transitar el labrador sólo conduciendo su carro para vender en el mercado
más próximo el producto de su trabajo, confiándolo á veces á uno de sus hijos, á
quienes ve alejarse sin temor alguno; que no pueda allí el propietario visitar
sus fincas, residir en ellas, mejorarlas y dejar en el país el beneficio
considerable de su residencia, de sus expediciones y cacerías con todas las
manifestaciones de aquel género de vida, y se verá decaer pronto la agricultura,
perderse las tierras, venir la despoblación con todas las miserias consiguientes
y que aquí lamentamos.
Conozco que estoy tocando un punto en que todos estamos de acuerdo, y no quiero
esforzar más los argumentos; pero séame licito, para dejar de . sombrear más el
cuadro, citar un ejemplo en el territorio mismo de los montes.

Hace algunos años se sacó á la venta una finca perteneciente al Colegio de
Doncellas nobles de Toledo; para comprender su importancia: basta decir que
tenia unas 70.000 fanegas de tierra del marco de Toledo, o sean 42.500 hectáreas
de tierra de monte y llanas, y que se sacó a la venta en 40 millones, por más
que luego tuvo que rebajarse considerablemente el tipo de venta, realizándola
por quintos. Esta finca colosal y de mayor extensión que algunos Estados
independientes de Europa, está sitiada á unas ocho leguas de Toledo, y está
enclavada precisamente en lo que podríamos llamar el territorio exento de los
bandidos; sus montecillos, quebradas y mucho monte bajo y jarales, la hacen muy
adecuada para ello. Pues bien; lo primero que resultó en la venta fue que
estando en tal paraje, tan poco conocida y con su triste renombre, pocos se
atrevieron a formular proyectos sobre unos terrenos que, vírgenes algunos, se
prestaban a fructuosas roturaciones, y que el tipo de 40 millones ge bajando á
27 y, por último, á bastante menos, con lo cual perdió el Estado, como primera
víctima, una gran millonada. Poco después se vendió en trozos la finca, y sus
nuevos poseedores se dispusieron á ir á tomar posesión ó á visitarla (algunos
eran de Madrid y no habían pisado jamás los montes), y aquí sigue la relación de
otras víctimas. Uno de ellos llegó y fue á descansar á la casa del guarda; pero
tuvo al día siguiente la visita de algunos moradores que se prestaron muy finos
á acompañarle, pero que del mismo modo le aliviaron del dinero que llevaba antes
de regresar á la córte; ignoro cuántas victimas habrá hecho después. Otro de los
nuevos propietarios se encontraba recorriendo su posesión, cuando le señaló el
guarda un grupo de hombres, nombrando á uno de ellos, famoso a la sazón por sus
fechorías; pronto fueron alcanzados, y después de saludarse manifestaron los
recienvenidos que no había riada que temer y que sólo pretendían una limosna:
llegados á la casa y queriendo acabar pronto, mandó el dueño al guarda que
entregara una onza que le dió para los ladrones y que se retiraran; pero con
gran sorpresa suya la onza volvió á su poder, y en cambio le pedían una
audiencia. ¡Cómo negarla! En breves 9 harto elocuentes palabras manifestaron los
bandidos que encontraban módica la dádiva, atendiendo á la importancia de la
persona, con lo cual convencido el madrileño, quien sé que dió pruebas de
serenidad y valor, fué elevando el tipo hasta llegar á 4.000 rs.; cansado
entonces de aquel juego, se encaró con los pedigüeños y les pidió que dijesen de
una vez con qué cantidad se contentarían, obteniendo por contestación que
habiendo de quedar bien su merced se contentarían con 10.000 rs. Excuso decir el
efecto de tal demanda en el nuevo propietario; pero éste no se inmutó y pidió ir
él mismo á buscar el dinero á casa de un amigo residente en un pueblo cercano,
lo cual, aunque parezca extraño, consiguió de los malhechores, quienes tomaron
sus medidas para vigilarlo. En efecto, montó á caballo, pero al llegar á cierto
sitio conveniente picó espuelas y no paró hasta la primera estación de
ferro-carril, donde tomó el tren para Madrid, ocupándose en seguida de la venta
de su nueva adquisición.
Estas y otras aventuras de aquellas tomas de posesion son bastante conocidas, y
dejándolas para venir á lo que demuestran, ¿cabe alguna duda de que si se
disfrutara allí de tranquilidad y seguridad, no sólo irían los dueños de la
tierra, sino que se entregarían á mejorarla en lugar de arrendar de mala manera
ó dejar que se críe caza para que la disfrute alguna sociedad particular?
LOS
MONTES -Y- LA RESIDENCIA ORDINARIA DE LOS BANDIDOS.
Convendrá, antes de continuar en este estudio, describir la comarca que nos
ocupa, muy poco conocida, tanto en lo que se refiere á los montes como á la
parte que, derivando de ellos, forma sus vertientes y valles.
El antiguo territorio de los montes de Toledo, y cuya jurisdicción pasó
sucesivamente de la Iglesia á la Corona y después á la ciudad de aquel nombre,
formaba una faja de 17 leguas de largo de Poniente á Levante, por 11 de anchura
de Norte á Mediodía. Empiezan los montes en Piedraescrita, al SO. de la
provincia, y siguiendo por los Navalucillos, montes del Cedron y de San Pablo,
van abriéndose de Norte á Mediodía, formando ramificaciones más ó menos
paralelas. La primera y más al Norte la forman sucesivamente, mirando al
Poniente, las sierras del Castañar, San Martín de la Montiña y de Yébenes; la
segunda corre á dos leguas bajando rápidamente al Sur, y comprende las sierras
del Molinillo y montes de Guardalerzas hacia Urda y Consuegra; más abajo se
encuentran los cerros del Castillejo, de la Calderina; de la Gineta y, por
último, bajando más al Sur para introducirse en la provincia de Ciudad-Real, las
sierras de Arbueres, de la Serrana, Sierraluenga y otras. En tan extenso
territorio se comprendían y se hallan actualmente gran número de villas y
aldeas, cuya jurisdicción, así como las utilidades del carboneo y cortas de
leña, se calculan en 1.500.000 fanegas, y además la acotación de otras 25.000 en
distintas dehesas correspondía al concejo de Toledo. La superficie la forma una
capa vegetal de poco espesor, aún en los valles, y pronto se descubre la
formación granítica que, como indican muchos grandes peñascos descubiertos, es
la de toda la comarca: el terreno terciario no aparece hasta mucho más al Norte,
cerca de Toledo; sobre la costra granítica se ven en algunos puntos, como en los
de Yébenes, las cuarcitas y pizarras, y en otros las calizas de diferentes
colores, constituyendo verdaderos mármoles, como en Urda, San Pablo y el
Castañar. Las aguas, formando arroyos, que bajan de las sierras y muchas fuentes
en distintos puntos proveen abundantemente al consumo de las gentes y ganados.
Las ventas realizadas últimamente han producido la roturacion de algunos trozos,
sin contar naturalmente las partes que de antiguo se venían cultivando cerca de
las poblaciones; y cuando se sube á lo alto de las cumbres sólo se divisan
alguna que otra casa de labor en los valles; pero éstas son excepciones, pues la
mayor parte de la superficie sigue cubierta de un monte raquítico, muy castigado
por el continuo carboneo y las cortas incesantes de sus leñas, apareciendo como
variedades arbóreas algunos quejigos, alcornoques y chaparros, y en los valles
especialmente los fresnos. alisos y sauces.
Las industrias del país son necesariamente ! las agrícolas, con algún cultivo de
cereales.
No hay que buscar en estas sierras la altura de la principales de España; pero
las frecuentes cortaduras de sus pendientes, la aspereza de su monte alto y
bajo, así como la falta absoluta de caminos, los hace (le difícil acceso, siendo
también fatigoso el tránsito por la. parte más llana de los valles,
especialmente para carretas y caballerías. Como caminos sólo se encuentran
sendas para uso de arrieros, pastores y carboneros, y da herradura era Cambien
el que iba de Castilla a Extremadura atravesando los montes.
Por la descripción que antecede se comprenderá cuán á propósito es semejante
terreno para albergar malhechores, y que no debe ser fácil dominarlo y vigilarlo
cuando se trata de devolver la seguridad y la tranquilidad que han perdido sus
moradores.
La nueva línea férrea directa de Madrid á Ciudad Real atraviesa parte de esos
montes, ,y debe esperarse que contribuya á cambiar el aspecto salvaje del país;
pero desgraciadamente faltan vías de comunicación y la locomotora atraviesa
aquellas soledades sin beneficiarlas, contentándose con escapar sin tropiezos.
Ciertamente que no dejará de sorprender el que no sean más frecuentes los
accidentes, y como hiciera yo esta observación á un labrador muy sensato, me
contestó con una pregunta que, sin satisfacerme, no dejó de darme que pensar.
«¿Cómo se explica, me dijo, que pudiendo degollar muchas reses en una noche,
incendiar mieses ´´6 casas de ricos hacendados, cosas que tan hacederas les
serian, no les precisa, sin embargo, á los bandidos, dentro de su interés '
duda, el llegar á tal extremo?» Otra reflexión añadió, que entrego á la
sagacidad del lector: «Es cosa observada, me dijo, que los recaudadores
de contribuciones van ,es veces muy poco acompañados, y nada les
sucede tampoco. ¿Cree usted que los ladrones de acá tengan miedo á la compañía
del ferro-carril y al Banco?
Como ya he manifestado, la zona que comprenden los montes es muy extensa; pero
basta ocupar, limpiar y vigilar el centro ó corazón de ellos, y como tal
considero la bario que resulta partiendo de Retuerta, San Pablo y Navahermosa,
corriendo por Malagón, Fuente el Fresno; subiendo luego por Consuegra á
Manzaneque y Arasgotas al Norte, á buscar Ventas y Menasalvas, cubriendo así la
parte que mira hacia Toledo, de este modo resulta una elipse de más de doce
leguas de Poniente .í Levante y nueve de Norte a Mediodía. Pero a un puede
reducirse más, pues ocupado el centro, no pueden correrse al Norte, y queda por
limite á esa parte las sierras del Castañar y de Yébenes.
Los bandidos, por más que otra cosa se diga, existo ten de un modo permanente;
tienen un núcleo que existe siempre, y suele residir en las espesuras de las
sierras, aumentándose según las circunstancias y comunicándose con sus amigos y
protectores de los pueblos. Pues bien; si se hace imposible su existencia en
esos parajes y pierden la costumbre de ocuparlos, les sucederá como á una fuerza
privada de su base de operaciones, y no tendrán medio de concertarse impune
mente, de guardar los secuestrados y de realizar esas campañas que, aunque poco
fecundas en importantes golpes de mano, bastan para mantener la inquietud y
malestar de todo el país, cuyos habitantes miran con terror las lejanas cumbres
de los montes, pensando en los misteriosos planes que allí deben estarse
fraguando.
La prueba de lo que digo 1a. acabamos de tener en el asalto del tren de
Andalucía. Parece averiguado que aquellos malhechores se formaron, procedentes
de los pueblos vecinos, en un momento dado para dar el golpe; pero que no eran
de los habituales moradores de los montes. ¿Y qué sucedió? Que fueron apresados;
pero hay más. Se habla de que uno de ellos, llamado creo el Susano, y que
pertenecía á los de los montes, se ha escapado, lo cual me confirma una persona
conocedora de lo que por allá sucede. En cambio se organizan varias columnas
para persecución de los que entraron en Fuente del Fresno, y por más que
desearía equivocarme, el tiempo va á decirnos lo que cuesta dar con ellos. ¿Por
qué? Porque han operado con cierta táctica y su organización es permanente, y
una vez terminada su excursión han podido retirarse á sus cuarteles, corno
pudiera hacerlo una fuerza organizada. ¡Y qué cuarteles! Que les brindan una
segunda retirada hasta Portugal por Cáceres, b hasta el Guadarrama por los
montes de Susa, si no optan por disolverse y volverse d sus pueblos, de los que
seguramente no distan mucho y en donde tienen sus familias, sus amigos y sus
protectores:
VIGILANCIA ACTUAL.-PLAN DE OPERACIONES.-SERVICIO
DE
VIGILANCIA EN EL PORVENIR.
Para no hacer demasiado largo este escrito, prescindo de entrar en otras
consideraciones del mismo género, pasando ya á proponer algunos de los medios
que en mi sentir pueden y deben emplearse para mejorar la condición de aquella
comarca.
La Guardia Civil es allí, como casi en toda España, la encargada de mantener la
tranquilidad y el orden, pues no tengo para qué hacer mención de los guardas de
campo, tanto de los pueblos como del Estado, ó de particulares, quienes, dado el
poco respeto que se tiene á la propiedad, tienen incesante trabajo, por poco que
se esmeren en vigilar sus montes y sembrados. La fuerza de aquel instituto,
destinada al servicio de los montes, tiene destacamentos en algunos pueblos y
hace el servicio de parejas. No tiendo suficiente sino muy escaso su número, el
servicio tiene que limitarse á recorrer entre las poblaciones los caminos más
frecuentados y en ciertos días, verificando sus juntas las parejas en sitios ya
convenidos; también prestan servicios particulares cuando se pide su presencia
en alguna finca o pueblo, y no debo negar que se prestan á hacer de su parte lo
que pueden, tanto en ayuda de guardas ú otros vigilantes, como cuando les es
dable sorprender algún delito. Como todo lo que hacen lo saben perfectamente los
bandoleros, les es fácil operar en sitios y horas convenientes sin ser
sorprendidos, y al contrario, puede asegurarse que ellos son los que por sí y
por sus espías vigilan y observan los movimientos de las parejas desde los
riscos, en donde se guarecen, y provistos, como es sabido que lo están, de muy
buenos anteojos. Esto no puede redundar en desprestigio del benemérito cuerpo,
que tantos servicios sabe prestar; pero es inevitable y depende de la
configuración y costumbres de aquel país.

Hace :algunos años sucedió en una propiedad cerca de los montes lo que voy á
referir: Se encontraban en ella pasando una corta temporada algunas personas de
mi familia, teniendo en su compañía dos parejas de la Guardia civil, cuando
vieron llegar y alojarse un oficial y algunos guardias que iban de servicio; al
siguiente día se proyectó una expedición, y el oficial se ofreció á
acompañarlos, yendo juntos á un punto bastante ameno, inmediato á una sierra; al
pasar por cierto paraje bastante quebrado, una de las personas de la casa
manifestó lo fácil que seria fuesen allí sorprendidos, siendo, como es natural,
tranquilizada por el oficial, quien aseguraba que no había en aquellos montes
ladrones que vagaran por aquellos parajes: la expedición terminó al anochecer;
el oficial y los guardias marcharon al rayar el día inmediato. Todo estaba
tranquilo; pero cuando se disponían á dar su paseo acostumbrado vino un guarda
á decir á los señores que tuviesen cuidado, porque un pastor le había referido
que durante la noche había tenido la visita de unos malhechores, quienes le
habían contado haber estado junto á los amos cuando iban con el oficial, y toda
la conversación que tenían cuando pasaron á su lado. ¿Se quiere un hecho más
elocuente? Los criminales no atacaban, no molestaban; pero existían, y cerca de
la misma fuerza encargada de velar por las personas de la finca.
Las disposiciones que pueden adoptarse en la persecución del bandolerismo pueden
ser extraordinarias y permanentes. Ahora importan las primeras, y es fuerza
valerse de todos los medios posibles por ser cosa urgente, y entre ellos
pudieran adoptarse los siguientes, algunos en parte ejecutados: Aumento de la
Guardia civil, envió de fuerzas del ejército, y armamento de algunos vecinos de
los pueblos. Con esos elementos debieran organizarse cierto número de columnas
encargadas de recorrer el terreno, teniendo como base de sus operaciones los
pueblos colocados en posiciones más á propósito. Los números, así como los
detalles de las operaciones, son difíciles de determinar en este escrito, pues
dependen de muchas circunstancias que las autoridades locales, así civiles como
militares, deben estudiar sobro el terreno. Sin embargo, y sólo como
explicación de mi pensamiento, diré de un modo concreto cómo puede realizarse
esa organización.
Las fuerzas del ejército que ahora, afortunadamente, no tienen aplicación
urgente, debieran ser empleadas en bastante número, sin que el soldado pierda
nada en ello, como no sea algún mayor deterioro en su equipo y vestuario. Entre
unas y otras fuerzas podrían destinarse las siguientes: 200 hombres de
infantería, 100 guardias civiles, 25 de caballería y 25 de la clase de paisanos;
con esos 350 hombres se organizarían 18 columnas compuestas de ocho ó diez
infantes, cuatro guardias y uno ó dos paisanos: con la caballería se formarían
dos ó tres pelotones á las inmediatas órdenes de los jefes para vigilancia y
organización del servicio general. Las 20 columnas debieran instalarse en otros
tantos pueblos, castillos ó casas de labor que pudieran ser Consuegra, Malagón,
Fuente del Fresno, Urda, Marjaliza, Manzaneque, San Pablo, Yébenes, Retuerta,
Estena, Ventas y otros, y los restantes en los castillos de Guadalerzas, de Prim
(Las Charcas), el Molinillo y casas de labor. Estos destacamentos tendrían su
zona de acción proporcionada á la naturaleza del terreno que habían de
registrar, y sus salidas serian cada tercer día para que no resultara cansancio
para la tropa. La dirección general de la tropa y de las operaciones, así como
de cada destacamento, estaría á cargo de la Guardia civil. Se procuraría la
variedad posible en la residencia y días de marchas; los paisanos, gente de
confianza, serian de distintos pueblos y muy conocedores del terreno, pudiendo
ser un buen núcleo más adelante para la organización de somatenes o batidas.
Al cabo de un mes de semejante servicio sa habrían verificado 200 marchas
combinadas en todas direcciones, y seria perfectamente conocido y registrado
todo el terreno, haciendo imposible la existencia de un solo criminal, y caso de
existir éstos, era posible asegurar que ya no vagaban por los montes.
Al cabo de algún tiempo se podría relevar por terceras partes o por mitad la
fuerza, para que la antigua paciera comunicar a la nueva su conocimiento del
terreno y su práctica: también podrían irse disminuyendo los destacamentos en su
número y fuerza, hasta que pasadas las circunstancias extraordinarias y devuelta
la tranquilidad y confianza al país, se organizara la fuerza encargada de
protegerlo de un modo permanente, como diré más adelante.
En cuanto á las columnas montadas, los jefes las emplearían según su criterio
para recorrer el terreno más llano y poder vigilar el servicio.
En los días de descanso los jefes de los 12 destacamentos restantes podrían
prestar algún servicio, bien repasando algún punto de las inmediaciones,
mandando o pidiendo noticias, acompañando y protegiendo las personas, y otros.
Tanto por ellos como por los alcaldes se pasarían partes confidenciales á los
jefes sobre el resultado de los movimientos de cada columna, para que fuera
fácil la dirección de todo el servicio y su conocimiento á los gobernadores de
ambas provincias.
A alguno podrá parecer excesivo el número de hombres que, por otra parte, pongo
sólo para ejemplo; pero debe tenerse en cuenta lo corto de las marchas ó
batidas, lo considerable del terreno, que no bajará, por mucho que se reduzca,
de 80 á 100 leguas cuadradas, y de su aspereza.
En cuanto al empleo de fuerza del ejército, ¿qué dificultad puede haber en ello,
sobre todo en esta estación tan favorable, en un país de clima saludable, donde
no escasean las poblaciones y donde la subsistencia del soldado había de
resultar módica y de buena clase?
Tampoco habría inconveniente en los alojamientos y provisión de utensilios, para
que no fueran molestos á los vecinos, haciendo, por último, la vida del soldado
relativamente cómoda, saludable, seguramente sin peligros, y consiguiendo para
la comarca, además de su poderoso amparo, el beneficio no pequeño do invertir en
ella sus haberes.
¿No seria esa una pequeña imagen de la guerra de montañas y una escuela que,
bien entendida, podría reportar sus beneficios? ¿Quién sabe si no podría ser
esto la base de otra clase de operaciones á enseñanzas en mayor escala? ¿Qué
habría de absurdo en que en alguno de aquellos parajes, como, v. g., en aquellas
quintas interminables de las Guadalerzas, casi intactos de roturacion ó mal
cultivados, con terreno practicable hasta para las tres armas, con arroyos
fáciles de salvar, atravesados por una vía férrea, se estableciera un campamento
para una división? El suelo es ligeramente arenisco, sin humedades; el cielo
despejado y hay facilidades para construir chozas ó barracas; pero vuelvo de mi
digresión dejando esa idea, que ignoro la importancia que pudiera tener y las
dificultades de su realización.
Diré, para concluir con la organización militar, que no faltando quien encuentre
exiguo el número de hombres que destinó a la vigilancia, le haré observar que
dentro de la considerable zona de que se trata hay parajes abiertos, fáciles de
ser inspeccionados y que los mismos pueblos y sus alrededores constituyen
también una zona segura.
Las autoridades de los pueblos pueden ayudar mucho, teniendo necesariamente
noticias y confidencias que deben comunicar á los jefes de fuerza armada, y, sin
exageraciones, oreó que se les puede exigir gran responsabilidad.
También entiendo que los gobernadores debieran tener una policía especial, con
gentes de completa confianza. Para el espionaje pueden ser de utilidad los
pastores, los guardas, los leñadores y carboneros, y con todos estos elementos
se puede tener una red de vigilancia ó policía poco costosa y muy útil, pero pro
curando no comprometerlos, sobre todo a los últimos. Al manifestar esto último,
debo hacerme cargó de una acusación que oigo á menudo entre algunas personas, y
que tiene gran parte de injusta, y es la suposición de indiferencia, de falta de
celó o valor y hasta de complicidad por parte de aquellas gentes. Todo aquél que
no conozca del campo y sus soledades mas que lo que haya visto en las Provincias
Vascongadas, en Asturias o Galicia, tan tranquilas o pobladas, o en los campos
de muchos otros llenos de movimiento y animación comercial ó fabril, no sabe lo
que son las soledades de algunos puntos de Andalucía y Castilla, no comprende lo
imponente de aquellas sierras y escabrosos valles, en donde los pastores pasan
la vida sin más compañía que la de sus ganados, sin ver más gente que alguno que
otro caminante y muy pocas veces algún uniforme de la Guardia civil. Si en tales
condiciones se les acerca un bandido, y después de pedirle comida les ordena que
callen su presencia, no puede exigírseles el valor suficiente para despreciar
tales amenazas y bajar á dar parte á alguna autoridad, cuando saben que al día
siguiente pueden ser impunemente víctimas de su celo; los mismos guardas de
campo se mirarán mucho, ellos que viven aislados con sus familias, antes de
delatar la guarida de un malhechor, porque pensarán que nada puede impedir sean
sus mujeres ó sus hijos víctimas de algún atropello si lo sabe el denunciado.
Aquí se necesita un valor y abnegación muy distinto, pero acaso superior al que
se puede emplear en un campo de batalla, y que yo encuentro parecido al del
mártir. No se olvide esto, y al exigir á los habitantes de las soledades ciertos
servicios, que sea con prudencia, que no se vean luego abandonados y, sobre
todo, que no vean, como es frecuente desgraciada mente, volver indultado o
escapado al poco tiempo al bandido cuya captura han podido facilitar.
Queda también el estimular con premios á los denunciadores, y particularmente á
los que lleguen á entregar algún criminal.
Una medida he oído proponer, pero de una realización muy delicada y que no haré
más que apuntar, conociendo lo que puede tener de ilegal o injusta. Es cosa
demostrada que el bandido de aquellas tierras siente una necesidad imperiosa de
reunirse con su familia, de pasar algún día en su casa, que considera como una
verdadera retirada; pues bien, cuando se llegue á saber los nombres de algunos
bandidos y su residencia anterior, como sucede ahora, y por poco que se llegara
á sospechar complicidad en su familia, ¿no seria posible desterrarlos durante
algún tiempo con ciertas precauciones? En algún caso sería esto motivo de
desaliento ó presentación para algún bandolero.
Terminaré estas consideraciones pidiendo la aplicación, pero verdadera é
inmediata, de las terribles penas que la ley aplica á los bandidos
secuestradores y sus cómplices, caso de ser habidos.
En cuanto á las fuerzas de paisanos, pueden ensayarse organizando algunas; pero
las creo de poca utilidad, pues no se conoce en el país la formación de
somatenes, como en Cataluña, y esto hay que enseñarlo. Por eso he encontrado
poco práctica la formación de los escopeteros de Ciudad Real, marchando en
grupos independientes, mientras la Guardia civil iba por otros lados, y como
resultado de esta falta de concierto, los bandidos entre todos ellos.

Como no dudo, será hacedero el extirpar el mal ahora; pero importa mucho ver
cómo se podrá evitar en el porvenir con medidas de carácter permanente.
La fuerza de la Guardia civil destacada en aquellos montes, debiera aumentarse y
colocarse en puntos que tengan la única circunstancia de ser los más
estratégicos. Pero tomó quiera que esa fuerza no ha de bastar, es llegado el
momento de que el Gobierno y las Diputaciones de ambas provincias procedan á
organizar una nueva fuerza, bien independiente de la otra, bien formada sobre su
base, que realice el objeto de la antigua y malograda Guardia rural, ó de los
mozos de escuadra en Cataluña, para la protección de las personas y de las
propiedades. No importa que su número sea poco crecido, pues tampoco debe ser
igual su distribución en toda la provincia, y á buen seguro que pronto habían de
compensarse los sacrificios de su instalación por la seguridad personal y la
tranquilidad del país. El tema es demasiado trillado y debatido para que entre
en ese terreno. No hay quien no alcance que una organización armónica de esas
fuerzas, enlazadas, por la disciplina y reglamentos adecuados con los celadores
de montes, los guardas jurados del Estado, de los pueblos y de los particulares,
y con todas las personas constituidas en alguna autoridad para protección del
campo y sus habitantes, había de constituir un baluarte de seguridad imposible
de ser franqueado por los malhechores.
He hablado de policía: hora es ya de que los gobernadores de ambas provincias
tengan registros especiales, basados en las noticias confidenciales de alcaldes,
autoridades militares y jurídicas y demás agentes, que permitan conocer en
seguida la importancia, número, nombres y residencia habitual de los individuos
de cualquiera partida que llegara á organizarse.
Entre estos medios, ya de carácter permanente, vuelvo á citar y recomendar la
preparación de somatenes y batidas para casos dados; pero es preciso hacerlo con
tiempo, con la seguridad de que nadie como ellos haría imposible la permanencia
de una verdadera partida en su respectivo término municipal, por extenso que
fuera, y eso que allí los hay dilatadísimos.
Ese seria el complemento de lo que podríamos llamar el sistema de seguridad
general, para lo cual contribuiría el Estado con la Guardia civil, y las
guarderías de sus fincas con la policía judicial; la provincia con la nueva
Guardia rural; los pueblos con sus rondas y somatenes y además sus guardas y,
por último, los particulares con sus guardas jurados. Todos estos elementos,
unidos por una organización y reglamentos adecuados, que partiendo de la que
puede considerarse como modelo, de la Guardia civil, fuera modificada, según la
índole de cada clase, constituiría una garantía eficaz de la seguridad en los
campos, y particularmente en los despoblados.
Para la formación de las rondas de seguridad de los pueblos, debe aplicarse,
también con las debidas modificaciones, lo que se observa en Cataluña, no siendo
éste lugar para entrar en detalles de organización y servicio. Debo llamar, sin
embargo, la atención sobre la concesión de uso de armas á los vecinos, de manera
que siendo dignos de usarlas sea para ellos como un premio. Asimismo la
dirección de somatenes, según su número é importancia, debe estar á las ordenes
de oficiales del ejército, y la dirección de las operaciones á cargo de la
Guardia civil.
Las condiciones de los guardas jurados deben mejorarse, dándoles toda la
importancia, respetabilidad y prestigio que su cargo merece; publíquese la
cartilla reformada _del guardia civil en armonía con estas ideas. Como
consecuencia y en consonancia con esas ideas pido la revisión de la legislación
y del Código en lo que se refiere á aprehensiones, delaciones y declaraciones
como testigos de los guardas en los juicios; en lo que concierne al grado de
penalidad en faltas y delitos en el campo; en la conducción de presos, seguridad
en las cárceles y correccionales, indultos, reincidencias, y en cuanto se
relaciona directamente con la seguridad de las personas y propiedades.
Esos son procedimientos de un efecto directo y de un resultado inmediato para
nuestro objeto; pero hay otros que deben irse estudiando y aplicando,
considerándolos como auxiliares indirectos pero poderosos; tales son la
construcción de carreteras y caminos vecinales, la mayor facilidad en la
formación de colonias agrícolas, poblaciones, casas de labor, fábricas y otros
medios de colonización y repoblación. Basta echar una ojeada al mapa de la
región que me ocupa para ver que está enteramente desprovista de medios de
comunicación, aún entre los pueblos más importantes. Alguna carretera está en
estudio, pero sabe Dios cuándo se construirá, y respecto á caminos vecinales
conviene que el Gobierno y sus delegados faciliten su formación, estimulando y
obligando á los alcaldes á arbitrar recursos, acudiendo hasta á la prestación
personal. De nada servirá la línea férrea si no hay caminos, que son los
afluyentes de tan poderoso medio de comunicación.

En ninguna parte seria tan útil como allí la formación de colonias, como base de
futuras poblaciones; pero creo que debieran modificarse algo las_ disposiciones
sobre la materia para ser de más fácil aplicación. La ley de Junio de 1868
tiende indudablemente á favorecer la repoblación de los despoblados; pero sin
entrar ahora en su examen, haré observar que aún pudiera hacerse más ventajosa
para determinados lugares, pues es indudable que es mucho mayor el mérito, el
trabajo y la abnegación necesarios para roturar y colonizar en las soledades de
los montes de Toledo, que en una finca cerca de Madrid. Modificando en ese
sentido la ley, los resultados serian mayores y más prontos, y lo mismo
sucederla para el caso especial de formación de nuevas poblaciones; el número de
vecinos ha de ser de 100 para formar Ayuntamiento y, sin embargo, hay en España
muchos cientos de poblaciones con menor número y que tienen, de tiempo
inmemorial, bien servidas sus obligaciones comunales. Entiéndase lo ventajoso
que seria el conseguir agrupaciones de 50 ó más vecinos o labradores en las
soledades de aquellos montes; y seguramente que si no lo realizan ni ellos ni
loa grandes propietarios, es porque de nada les sirve, bajo cierto punto de
vista, una vez que han de satisfacer en otro pueblo los enormes recargos
municipales, con la circunstancia de no disfrutar generalmente de las ventajas
que los vecinos de los pueblos en médico, botica, cura, seguridad pública,
alumbrado, etc.
ULTIMAS REFLEXIONES.
Escritas las anteriores líneas, veo con gusto que la prensa se ocupa de la
cuestión del bandolerismo en los montes. El Imparcial, El Globo, La Época y
otros periódicos, la dedican cartas y artículos, y hasta el señor Zugasti,
aludido por algunos, viene á terciar en el asunto; la cuestión es de carácter
nacional y social, y nada tiene que ver con la política; vengan medios prácticos
y pruébense si algo bueno han de producir. En una carta de La Época, comentada
por El Imparcial, se propone la aplicación del castigo pecuniario, como en
Argelia, sufragando los pueblos las partidas encargadas de la persecución dentro
de su término municipal; pero este medio tiene dificultades en su aplicación,
por más que en algún caso pudiera hacerse, ' especialmente cuando los criminales
fueran del mismo pueblo; además, convendría que no se recargara por ello á los
propietarios forasteros, enteramente inocentes, y que vendrían á pagar una culpa
ajena que les privaba de la facilidad de visitar sus haciendas. Tampoco evitaría
este recurso el que los bandidos verificaran un golpe audaz en un momento dado,
y si después de tomar el dinero, querían huir, podían hacerlo hasta Portugal,
sin que sirviera de nada la presencia de una partida de vecinos armados en un
término donde ya no había nadie.
He dicho que la cuestión es también de carácter nacional, y puedo repetirlo en
ese y otro orden de consideraciones, para que se vea que no es exagerado el
asegurarlo. En efecto, observemos que los montes de Toledo son como el punto de
unión de otras cordilleras, de tal modo que se pasa de unos á otros
atravesándolos; por la parte de la provincia de Cáceres están la sierra de las
Villuertas ó de Guadalupe, que lindando con los montes, forman una serie de
montañas hasta Portugal; por el puerto de San Vicente y sierra de Altamira, se
llega á las sierras de San Vicente, de Gredos y al Guadarrama, en las provincias
de Avila y Segovia, y por el S. se unen los montes, prolongándose por el partido
de Almaden con la Sierra Morena. De modo, que estando abandonada la vigilancia
en aquellos montes, y en poder de los bandidos sus sierras, les es dado correrse
á las demás, causando y haciendo estéril la persecución de una ó varias
columnas; al paso que si, pasado algún tiempo, se consigue establecer en ellos
un estado de tranquilidad parecido al que disfrutan los de las Provincias
Vascongadas, se puede asegurar que habrán desaparecido para siempre las partidas
de bandoleros armados; podrán levantarse algunos facinerosos en un momento dado
en un monte determinado, pero pronto quedarán aísla dos, sin protección ni base
para sus operaciones, y tendrán necesariamente que entregarse ó disolverse.
Fíjense bien el Gobierno y las autoridades en lo que antecede: la seguridad en
los montes de Toledo es garantía de paz para otras muchas comarcas en las
inmediaciones de las sierras ó atravesados por ellas, ó lo que es lo mismo, los
montes son un verdadero punto estratégico, ó como si dijéramos la llave del
bandolerismo en una porción considerable del territorio español.
Con esto daré fin á este estudio, que seria interminable si me dejara llevar de
mi deseo de comunicar al papel otras muchas reflexiones que se me están
ocurriendo. Pero al concluir, no lo haré sin llamar la atención del Gobierno y
de cuantas personas tienen motivos para interesarse por las provincias de Toledo
y Ciudad Real, para que miren con preferente interés una comarca que puede
contribuirá aumentar considerablemente la riqueza agrícola del país, por poco
que se la proteja; que procuren asegurar allí la tranquilidad y seguridad de las
personas, sin las cuales, como no cabe la menor duda, no puede haber agricultura
próspera, y habrán conseguido borrar una mancha que en todos tiempos, pero ahora
con mayor motivo, afecta al prestigio y buen nombre que tiene derecho á alcanzar
entre las naciones civilizadas nuestra querida patria.
UN
LABRADOR.

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